sábado, 18 de septiembre de 2010

Nadie me sirve para descubrir el mundo. Nadie que esté cerca me sirve. Para entonces huyo a mi santuario, mi casa, donde las paredes blancas se resbalan y mi piso, si, mi piso me sirve de cama. Qué hermoso es dormir en mi piso, con una toalla tendida en medio de la cocina justo a un lado de la estufa aprovechando que algunos rayos de luna se asoman por las dos ventanas entre abiertas. A veces con música que suena y a veces simplemente en silencio. Bebiendo jugo de manzana y a veces con la boca seca. Todo el tiempo hay un motivo para tirarse en el piso fresco aunque la gripe ataque después. Si el teléfono no suena no es la bateria ni un daño en el auricular y bocinas. Es que no hay nadie del otro lado pues nadie me sirve y si alguien se acerca es cruelmente evaluado y deshechado como perro con sarna, porque no me sirve. Y sigo: bebiendo jugo de manzana, quedándome dormido en el suelo, soñando, levantando ramas de la calle y haciéndolas mis mascotas.

Juro que no es locura, conosco gente más loca y enferma. No soy un santo pero no estoy tan enfermo, se llama ser-uno-mismo y ser feliz siéndolo. ¿Realmente soy feliz? Si viviera en un mundo cuántico lo que haría sería expandir mi santuario a unos cuantos metros cuadrados más, que las paredes fluyeran como agua siempre de arriba a abajo y lo que más amaría sería que mis personajes de mis cuadros salieran de sus lienzos y comenzaran a bailar conmigo. Qué hermoso sería eso.

No hay comentarios: