Un reloj se descompuso el día de ayer y quedó marcada la hora 2:33. Para el día de ayer ese momento significó el fin de la vida útil de aquel reloj y para el día de hoy no había aparato que marcara el tiempo. Sin embargo, en algún momento del día, tan sólo un segundo duró el momento en que volviera a ser las 2:33 con aquél segundo desconocido en el que el reloj murió.
Pensé entonces que de estar vivo a morir basta el cambio en un segundo y dejar de ser para no ser nada: un objeto que no sirve y es inútil.
Fue triste.
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