domingo, 4 de enero de 2009

Los Canarios de La Alhambra

الالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءحمراءالحمراء اءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمراءالحمر

Deberían de haberse situado los escuderos dentro de la Fortaleza, resultaba ser el lugar más seguro que teníamos para ese entonces; ya caída la noche, algunos de los enviados de las colonias musulmanas vecinas amenazaban con invadir la ciudad Roja. Amurallada por sus extremidades, la cabecilla del cuartel seguía siendo indiscutiblemente Abu Alahmar. Si bien murallada se encontraba nuestro refugio sabíamos con anticipación que alguna información se colaba de entre las paredes. Repentinamente encontrar que nuestros planes de conquista se vieran tan fácilmente descifrados no era cosa de coincidencia, aunque no poníamos en duda la astucia de nuestros enemigos.

La permuta de nuestra Andalucía no era cosa de negociarse. No hay cabida para otra tierra como la nuestra, ni en el mundo ni en el corazón que por guerrero me cargo. Debíamos defenderla con la carne que nos cargamos a morir si es necesario. Alá nos recibiese con agrado de asi haber sido.

La noche del 6 de Febrero de 1270 la fortaleza se sintió por primera vez fría, esa noche, Los Canarios hicieron su papel de informantes.

Nadie sabía para quién trabajaban, nadie sabía de su presencia. Para los demás, ellos eran peones como cualquier otro, peones con más información que cualquier otro. Para la batalla del 6 de Febrero, nuestro ejército perdió crudamente ante los mezquitos, pero aquello sería apenas el comienzo de la caída de nuestro Imperio.

Como venidos de las islas Canarias, los confundidos por jilgueros eran los mismos capotes que se inmiscuían en nuestros planes de conquistas. Si hubieran planeado correctamente sus camuflajes, los indecentes hubiera partido sin ser notados. Por sus notorias barbaries, el primer error que tuvieron fue el trinar más fuerte por encima del hombro del Capataz. Sus narices de rapiña, sus desquebrajados poros rasgados por las arenas del Rub al-Jali. si por el sigilo del Saalah diario, que despertaba sospecha entre los miembros de la guardia, sus rasgos mezclados de hombre Árabe eran desdeñados de aquellos de Andalú. Por aquello y sus constantes ayunos, que por malestar estomacal, no pudieron desprenderse al Ramadán.

Los Canarios, habrían de esconderse de aquellos nativos españoles para no ser perseguidos, y aquellos infiltrados, hijos descendientes de ambos bandos árabe-andaluz, fueron los elegidos para brindar datos de la guerrilla.

Los rebeldes musulmanes eran fácilmente alimentados de rabia ante su contraparte recordando su pasado, sus historias en el ghetto de Gazasovia, los insultos recibidos al islam; los pecadores lascivos, los que Mahoma hubiese querido ver muertos, esos eran los de la tierra Roja, los del pecado enmiscuido debajo de las uñas de esos traidores. La fecha estaba escrita. Sus muertes también.

No hay comentarios: