La sangre se me fue llorándola y el corazón se me secó de la tristeza. Aún con la sombra de tus manos en mi espalda, el calor de tus huellas quemaba con el característico de tu presencia. Me tomaste por sorpresa y hoy se me inundan los ojos y un hueco es mi ser. Sin más que lo poco que tengo en mi pecho, la ligereza de mi conciencia me lleva a decirte que si alguna vez me quisiste te lo debo agradecer.
Termina de agobiarme, te lo pido. Las muertes lentas me asustan.
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