Una vez, cuando el cielo alcanzó la tierra, subí por la nube más cercana y vi a Dios sentado en una de ellas. Alzó su cabeza y con sus ojos de vidrio; pareció decirme que aun no era mi tiempo de ir con él. Lo sabía, pero no estaba ahi con esas intenciones. Nos sentamos, conversamos por horas y recordamos las veces en que veíamos las tardes del mundo desde lo alto. Aquellos días fueron hechos de paz, donde el mundo era perfecto. Entonces se despidió entonces de su hijo y lo dejó bajar a la tierra. Expectantes vimos el sufrir y el fuego invadiendo las almas de muchos. Lo abracé y sequé sus lágrimas. El tiempo pasó y nos perdimos entre el paraíso; Él, sus asuntos de Ángel; yo, mis asuntos de espíritu, hasta el momento en que el sueño de seguir juntos terminó, y por decisión suya debía irme.
Juntos, en aquella última nube que recuerdo en lo alto, me confió el secreto de mi partida -Pero habrás de olvidarla por el bien tuyo- y entonces, cerré los ojos pero el olor de amor en la tierra del cielo se acentuó mientras me iba. Para entonces, las veces que Dios llora será porque más de uno habrá compartido mis momentos felices, y podré hacer al mundo feliz, tal como me dijo pero no lo olvidé...
Gracias a Ti, mi corazón aún cree.
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