
Esperarte con la luz encendida era un truco de esos malos para despediciar mi paciencia. Decidiste apagar la luz para no verme a los ojos y simplemente escuchar mi voz. No querías perder detalle de mis palabras distrayéndote con objetos y luces de golpe en las paredes blancas de esta casa y con la luz a oscuras no había más que escuchar. Pediste que empezara y mi boca se abrió siguiendo tus órdenes y el tiempo se escapó de la carátula del reloj como el aliento de mi boca y la noche nos cargó hasta quedarnos dormidos.
Yo hacía la idea de dormir pero en secreto espiaba las marcas de tu frente y esa arrugada piel que te cargas, los lunares y manchas de sol y la edad que igualmente te pesa, los rasguños del paso por las calles y esos movimientos impulsivos de tu labio inferior que detengo con el dedo índice en estos casos que no lo notas. El sonido de tu transpirar y tu aliento son más incisivos que la impaciencia del insomnio y debo confesar que lo tomo de pretexto para acosarte, como siempre, como si se tratase de mi empleo permanente aunque insista: no te das cuenta, porque duermes.
Hay muchas otras cosas que te espio mientras duermes, como la forma en que apoyas los brazos sobre tu cara porque insistes sentir que espadas caen sobre tí y temes que revienten tus ojos. Así eres, con demasiada exageración por las cosas inexistentes pero en las que crees fielmente porque no queda mucho a tu alcance. De tus piernas que doblas encompasadas y tremendas, tus piernas, porque son buenas: me apoyan cuando quiero que me escuches, me insitan a tocarte, me envuelven cuando quiero pararme de la cama. Tremendas.
Como cuando dices que nunca roncas y el roncar es un hábito marcado de tu siesta y peleamos cuando te levantas para decirme como si hubieras estado espiándome "Te oí roncar" siendo tú quien lo hizo. En la forma serena que me robas las sábanas para taparte del frío, truco viejo para obligarte a abrazarme aunque en realidad no estés jugando y eso quieras verdaderamente.
¿Lo notas? Hay muchos detalles buenos en tus malos y malos en los buenos míos. Así es, somos todo unos gemelos.
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