No habría cuentas largas por gastos de luz ni agua. La comida sería un problema ¡pues habría mucha! No habría tiempo de hacer bebés y la población quizá fuera un poco más reducida. Al menos no entorpecería mis planes prontos de procrear. Lo que sé es que mi cuarto seguiría siendo un desorden. Yo lo sé, despertaría en ese minuto, tiraría algo más al suelo y volverí a la cama sin pena. Algo similar me pasa, la alarma suena a la hora que fue programada. Me despierto. La odio. Tomo el celular y la apago diciéndole malas palabras. Vuelvo a dormir con el pretexto de esos 5 minutos tan mágicos que los humanos nos hemos inventado, 5 minutos que se vuelven una hora, hora y media y termino despertando al medio día con la mayor prisa del mundo por empezar mis actividades monótonas pero, pues, para empezar a hacer algo y no sentirme ya aún más inútil. Basta mirar alrededor y ver que hay cosas por ordenar, ropa qué doblar, cosas por tirar y algunas otras que olvidar aunque duela tener que guardarlas en cajones y seguir adelante.
Lo que más flojera me dá es lavar los trastes. Son esa pila de monstruos de grasa y restos de comida de clases inclasificables que atacan (después de un tiempo de olvido), a ensuciar el aire con sus pestilentes aromas, siendo la llamada de alerta del "¡lávanos hijo de puta!" y no queda remedio mas que ensuciarse las manos lavando. Por eso no cocino, creo yo.
1 comentario:
Por fin puedo echar una ojeada a tu vida.
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