Dios juega a montar una obra de teatro con nuestros cuerpos. Hoy miles de niños entran a escena con papeles cortos e irán tomando fuerza sus papeles. Los malos del cuento siguen haciendo travesuras en las alcantarillas mientras los buenos juegan a sentirse buenos y otros ya se han hecho malos porque les gusta la suciedad. El día transcurre en silencio mientras la noche se carga cada vez más de adolescentes en busca de sexo, un trago de tequila y el sudor que les provoca mover sus cuerpos al compás de la música, tántrica seducción de sus templos de luz neón.
Los santos de iglesia abandonan sus repisas y marchan por las calles buscando quiénes les abran la puerta para refugiarse del frio. Las luces navideñas ayudan a alumbrar las banquetas que la luna sola no puede. El helado viento los golpea como bestia de dientes punzocortantes y se mete hasta por sus oídos. Dios así lo ha decidido, tu pobre y tu rico porque eres más inútil. Y tu pobre para que aprendas que la vida no es justa, y tu rico para que ayudes al pobre, pero algo salió mal.
Dios se fue a dormir en el intermedio, quizá olvidó poner su alarma y nos dejó en pleno escenario, frente a la audiencia de santos que han encontrado cobijo y de ángeles que enseñan su asiento a las vírgenes que llegaron tarde. Los tramboyistas, querubines sin fuerza, hacen su esfuerzo por cerrar telón y evitarse la pena de mostrar la vergonzosa obra de Dios aún inconclusa, pero fallan. Las luces resuenan en los rostros de aquellos actores sin línea, mudos y pálidos, aún con montones de maquillaje, que callan y miran sin rumbo y no saben qué hacer. El tiempo sigue pasando en la obra de Dios y no se sabe el fin de ésta. Me preguntó quiénes serán los críticos de esta obra....
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