Caminando por caminos de tierra y bosque a mi lado, me topé con una barda elevada a 1 metro del suelo. Detrás, una cortina de pasto cuidadosamente sembrada se alzaba hasta la orilla del paisaje, con verdes colinas y montículos de flores que se mecían de un lado a otro por ordenes del viento. La luz del atardecer moteaba todo rastro de un tono naranja, y las flores se entonaban en sus colores morados, rosas, azules y amarillos. Los árboles, fijos, miraban perplejos, como soldados de madera, el tiempo pasar; los caminos que conducían a ningun lado, se abrían paso de entre la hierba. El sol nos perdonaba esta vez, hacía calor pero suficiente, no exagerado. Las piedras no eran sólo piedras, en ellas se hundían los nombres de personas que estaban debajo de ellas como grillos. Imaginé que estuvieran aún ahi, sentadas en sus piedras, algunos cantando con su melodía de ángeles, otros tocando su arpa, las mujeres adornando sus cabellos con las flores que se les ofrecían, y los hombres alzando su espada, los niños jugando canicas y los viejos leyendo o viendo el atardecer. Todos unidos por ese momento, tan extraños unos de otros pero juntos por azares de la muerte que los reunía en ese lugar.
Es un lugar lleno de belleza. Con la campana que se alza entre las torres de acero oxidado, proclamando ser tierra de Dios, a lo alto de la colina que no deja ver más allá de ella. Las nubes brindan resguardo a los llorozos que visitan a sus amigos o familiares. Al fondo se esconden más secretos. Una plazoleta central, en medio de pinos y arbustos con flores sin frutos, pero con abejas que las succionan a muerte. El aire huele a pólen, las mieles se andan cociendo. La fuente que vierte de vida el valle, está a la izquierda de la plaza. De lo alto un pebetero reboza agua virgen hacia pequeñas vertientes que caen y caen hasta el pie del valle y en su camino arrastran pastos y flores que han crecido. Por conveniencia, el agua se abre paso a través del valle, y un riachuelo de no más de ancho considerable remoja otros sitios. Los puentes se abren paso tambien, uniendo valles y tierras, la gente pasa a través de ellos como queriendo alcanzar la otra orilla en donde sus difuntos aguardan. Es un simbolismo. El musgo y los hongos abrazan a la gente, los insectos les cantan por las noches y los árboles los protegen del frío. En el pequeño lago, los conos con flores se levantan de entre la tierra como suspiros de aquellos que ahi viven. Y las hadas y duendes hacen de aquel sitio su lugar.
2 comentarios:
Were thou in Ireland?
Nej, is a graveyard in uppsala...
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