Antes de su penoso encuentro con la edad marchita, la flor que se mira en el espejo no encuentra motivos de reconocerse. Se hacía más brillante y hermosa pero no lo es. Se encuentra que es más parecida a las demás e incluso parece un pasto, de aquel "vulgar" que ella reconocía, y entonces se llama a sí misma "la vulgar" que no merecía seguir plantada. Lanza sus perfumes como el de la rosa, conocida por autonomasia entre las flores como la más elegante y se sumerge en un letargo de apatía pues ni eso es suyo, el aroma es prestado e imita al de la rosa, por la cual culpa por no ser como ella. Las hojas se le secan como penosa y las esconde debajo del polvo que se le acumula. Las achica como queriendo no mostrarlas y su lustre verdoso se ve ahora café y su peinado con retoques de mañanas y cielos que un día le vieron nacer es ahora un tono verduzco y feo como "la vulgar" que debiera ser desde un principio. Y se siente orgullosa porque ahora entiende que se convierte en lo que debiera.
Pobre, pobre la flor que se anida en el florero, tan sola y abandonada adornando un rincón que nadie observa, intentando sorber por sus floemas un último sorbo de agua para no morir. Se le caen las hojas como las penas que ahora se le resvalan porque nada le importa. Su calva testa es ahora un poste de marchitos pétalos que retocan su vejez. Y por más que intente mantenerse jóven, bella y radiante como flor de campo, es ahora una estorbosa rama en medio del cuarto. De entre todo aquel manojo de sombríos recuerdos, yace en el fondo de su cáliz un poco de pólen, que irá e irá por el mundo hasta encontrar un cielo parcelado, un nuevo recuentro con la tierra para hacerla crecer. Es un óvulo que le dá la esperanza de ser flor de nuevo, de hechar raíces, de adornar mi campo. De ver de nuevo amanecer.
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