sábado, 11 de julio de 2009

Me basta. Eduardo Castro

Tengo en el deseo una boca que reclama la beses, de una forma tan desesperada que el deseo mismo se encarnece para sentirte cerca. Cuando llega el momento de sentirte, el simple rozar de tus labios en los mios enciende las cadenzas de pensamientos que por ti rectifican este sentimiento. Y duran y duran como rapsodias que no conocen fin y se hacen oír a lo largo de nuestro encuentro, como música que ameniza una fiesta, como música que invita al fuego a bailar. Todo ese sentmiento se dibuja entonces como sombras enredadas en un rincón, y las manos se mecen y los cuerpos se enredan y mis pensares se vuelven tuyos con la sóla opción de pensarte, entonces te vuelves "yo" con tu misma esencia.

Refugiándonos de la noche nos toca el sol la puerta y cuando la abre no encuentra a dos sino a uno mismo y entonces se enternece y en silencio se retira a que la noche prosiga y los amantes se encuentren y continuen con su ritual de amarse. Y no tiene fin, como el pensamiento que se clava entre las comisuras de mi cerebro, como las palabras de amor que se clavan en las comisuras de mi boca para pronunciarte y con palabras tiernas llegar a rozar tu boca como último deseo de alguien que está a punto de morir. Pero no existe muerte, no existe muerte alguna si contigo existo, y si me tomas fuerte la muerte no existe y tan sólo existimos tu y yo, y el tiempo no pasa.

Se me enredan los dedos entre tu pelo y me convierto en soñador de tus ideas y, así, comenzamos a pénsar de la misma forma y, cuando queremos conversar, completamos nuestras ideas y sabemos cuál será la siguiente palabra. Entonces, el hablar se vuelve secundario, hablar no es necesario para hacerte saber lo que siento, y mis ojos te dicen cuánto te amo y tus ojos me dicen cuánto me amas y deseas. De alguna forma comenzamos a retroceder en el tiempo y dejamos de hablar como criaturas que no conocen dialecto; y el tacto se nos vuelve nuestro único sentido, nuestro sentido primario para hacerte saber lo que siento y pienso, como con tus ojos. Es entonces cuando sabemos que hemos llegado a donde nadie ha podido, ese estado en donde el amor no se envuelve en regalos ni rebosa en frases lindas. Basta tocarte o mirarte y saber que de ti me he enamorado.

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